Criptomonedas y Banca Libre

 
Recientemente el Tribunal de la Libre Competencia (TDLC) dictaminó que los bancos debían mantener abiertas las cuentas de un operador de criptomonedas luego de que este los acusara de obstaculizar su desarrollo.

Y es que las criptomonedas presentan una amenaza existencial a la industria bancaria ya que compiten en la provisión de servicios transaccionales y de registros financieros y lo hacen a un menor costo y con mayor flexibilidad.

Pero no sería primera vez que los bancos tienen intereses contrapuestos con los de sus clientes. Recordemos que estos fueron uno de los principales impulsores de FATCA en Chile, la ley norteamericana que esencialmente transforma a las instituciones financieras chilenas en agentes ad honorem del IRS (SII americano), a costa de los chilenos y potencialmente en desmedro de la protección de su información y de su libertad de operar. Actualmente están impulsando el CRS, una medida que permitirán a todos los SII del mundo compartir información de contribuyentes. Lejos están los días del secreto bancario y para efectos financieros al menos, los estadounidenses residentes en Chile se han transformado en ciudadanos de segunda clase.

Es evidente que toda esta estructura de control financiero no puede funcionar en un mundo de criptomonedas operadas por privados de ahí la reticencia que provocan globalmente, llevando a incluso a algunos, como Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía, a promover su prohibición.
Pero detrás de esta competencia aparentemente tecnológica, hay una rivalidad milenaria por el control de la emisión monetaria y una rivalidad filosófica entre un modelo de banca centralizada y otro de banca libre. Y es que quien controla la emisión monetaria posee un poder enorme, puede crear dinero a su antojo y sobre todo puede cobrar impuestos. No por nada Jesucristo le dijo a los publicanos y fariseos que le pasaron una moneda y le preguntaron por la evasión de impuestos: “Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios.” (Marcos 12:17).

En un sistema de banca libre cada banco puede emitir su propia moneda, respaldada por la confianza que tiene el público en la institución y en el hecho que eventualmente esas monedas podrán adquirir bienes y servicios en el futuro. La reputación vale en el mercado libre.

En cambio con un sistema de bancos centrales, estos pueden emitir dinero según su interpretación de lo que requiere la economía, o según las presiones que puedan recibir del gobierno de turno o de algún grupo de presión, como sucede con el lobby exportador que reclama ante al Banco Central y el gobierno de turno cuando el dólar está muy alto. En el caso de las criptomonedas, la emisión está controlada por un algoritmo matemático, que reduce completamente la discreción de políticos y tecnócratas y deja que el valor de la moneda refleje mejor el funcionamiento del mecanismo de precio.

La idea de la banca libre es más antigua que las criptomonedas. En el siglo XIX, Chile funcionó muy bien sin Banco Central, mantuvo una tasa de inflación baja, sin ansiedades entre los clientes y proveyendo servicios adecuadamente a bajo costo. La regulación de mercado sirvió bien. Este  esquema duró hasta la guerra del pacifico (1862-1879), cuando el Estado tomo el control de la emisión monetaria para financiar la guerra.

Es curioso que, pese a que el mecanismo de precios es universalmente aceptado y la fijación de precios universalmente condenada, admitimos casi sin cuestionar la fijación del precio más importante de la economía: el precio del dinero o, lo que es lo mismo, de la tasa de interés. Aceptamos como un dogma la fijación del valor que determina la viabilidad de millones de proyectos, potencialmente con impacto sobre varias décadas. ¿Por qué se acepta la ineficiencia de monopolizar la emisión de billetes por legislación cuando hay alternativas de mercado disponibles?

Las criptomonedas llegan en un momento en que el sistema de banca centralizada empieza a mostrar grietas luego de ser partícipe de la mayor crisis financiera del siglo en el 2008 y sobre todo luego de 10 años de intervención que, sin devolver el crecimiento pre crisis, llevaron al mundo a tasas de interés negativas, una aberración monetaria de consecuencias aún incomprendidas.

Es entonces de esperar que el mercado busque alternativas y, lejos de condenarlas, el gobierno debe fomentarlas. En ese sentido tenemos que aplaudir la decisión del TDLC y el espaldarazo que le dio el gobierno de Sebastián Piñera a esta nueva industria. Quien sabe, quizás este es el próximo motor del milagro económico chileno.

John Cobin, Ph.D. George Mason University
Alejandro Rogers B., MBA MIT Sloan
Co-Fundadores Partido Independencia
www.libertarios.cl

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